Rosa Montero se queja de la caza en general, pero especialmente de aquellos cazadores que ven en la caza un juego, una forma de matar el tiempo. Le indigna que un grupo de tipos disfrazados de militares se diviertan acorralando a un animalillo en una mata de arbustos para al final cargárselo. Doce tiarrones contra un animal herido. Y son aún peores aquellos que usan galgos para cazar y cuando ya no sirven, los cuelgan de un árbol para acabar con ellos sin ni siquiera malgastar una bala. Dan nauseas.
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